8 de Marzo: Día Internacional de la Mujer Trabajadora
DIARIO DE UNA PRECARIA
Salió de casa a las 7 de la mañana después de dar el desayuno a todos, vestir a sus hijos, hacer las camas, recoger el cuarto de la abuela, poner una lavadora y asearse velozmente. La jornada laboral comenzaba a las 8, después de dejar a los niños en la guardería y en la escuela.
Su vivienda, alejada del lugar de trabajo le trastorna. Hubiera podido llegar en poco rato, caminando saludablemente, si hubiera comprado o alquilado en los alrededores del sitio donde trabaja. Hay muchas viviendas y están vacías, pero son caras.
La zona donde vive está mal comunicada, los horarios del tren no le vienen bien, y el autobús tarda demasiado, así que se hace imprescindible madrugar.
Como todos los días, su encargado la recibió demasiado afectuosamente, esperando “una respuesta”. Ella le sonrió y prosiguió, aunque con miedo, esperando que a él no se le agotara la paciencia, o acabase fijándose en otra.
Trabaja de limpiadora, haciendo camas, fregando baños o planchando, pero también tiene que estar disponible si es necesario poner un café o servir una mesa. El dolor de espalda la acompaña como cada día. Antes trabajó en una casa, sin contrato, y por la mitad de lo que cobra ahora, haciendo lo mismo, que es “para lo único que sirve”.
Saldría a las 5 de la tarde a tiempo para recoger a los niños del colegio. Eso sería posible, sólo, si no le obligaran a meter horas extraordinarias (pagadas extraordinariamente, o sea, “fuera de nómina, sin repercusión en la paga extra, ni en el subsidio de paro, ni en la jubilación”. Ahora sabe lo que todo esto significa, porque hasta ahora, después de 9 años de experiencia laboral nunca había tenido un contrato).
O tal vez sería ella quien prolongara la jornada 1 ó 2 horas más para completar el escaso salario al que estamos acostumbradas. Y es que si no se queda ella, otras lo harán. Además, meter horas la ayudaría a “sumar puntos” de cara a la renovación del contrato por sexta vez este año.
Probablemente vería a su familia, entre sueños, durante un rato, 2 ó 3 horas. Hablaría con sus hijos, prepararía los alimentos, limpiaría y ordenaría la casa. Como siempre, este trabajo le toca a ella. Este sí es un contrato indefinido, aunque ella no recuerda haberlo firmado nunca.
Los días libres se le consumen en ir de compras, profundizar la limpieza del hogar, ponerse al día sobre las aventuras de los hijos, de los famosos de la tele, etc., todo lo demás puede esperar a las vacaciones, si la economía le permite cogerlas, claro.
Por la noche, todos ya dormidos, tuvo unos minutos para pensar que “todo sería un poco más fácil si la guardería y el comedor escolar fueran gratuitos,… si la abuela pudiera echarme una mano en lugar de darme más trabajo,…o él,… si pudiera ahorrar para comprarme un coche aunque fuera de segunda mano,… si pudiera encontrar un trabajo mejor,… o al menos, si no tuviera que preocuparme por perder el que tengo,…podría buscar ayuda,…ir a una asociación,…o a un sindicato de esos,…pero para qué,… dicen que las cosas van a cambiar, que han hecho leyes, pero… las leyes aquí no valen, son puras mentiras…”
Podría haber estado toda la noche imaginando, pero estaba tan cansada que se quedó dormida.
Este simple relato ha querido reflejar la situación más común de millones de mujeres que todos los días soportan una doble jornada laboral, tanto dentro como fuera de casa.
Dentro de casa: desde el cuidado de la familia hasta la administración de un hogar, simplezas cotidianas que damos por hecho que corresponden a la mujer. Este trabajo invisible que realizan las mujeres rara vez se reconoce y se comprende, y menos aún, se comparte.
Fuera de casa: con su incorporación al mundo del trabajo, donde, sus condiciones laborales son muy precarias. Eventualidad, contratos temporales, baja calidad de los empleos, segregación ocupacional, paulatina incorporación de la jornada parcial, jornadas irregulares, horarios interminables, sin convenios, sin vacaciones, ni permisos, ni bajas por enfermedad, ni por maternidad, con gran desprotección social, salarios más bajos, y muchísimas veces sin contrato alguno.
Pero seamos “serios o serias” y acudamos a los datos oficiales.
Según el ICANE (Instituto Cántabro de Estadística) sobre el pasado año:
En Cantabria, como en el resto del Estado, casi el 63% de las mujeres son consideradas inactivas. De éstas, cerca del 30% se ocupa del trabajo doméstico. El resto son estudiantes, jubiladas o prejubiladas, o perciben alguna pensión, y suponemos que también carguen con el trabajo de su hogar.
El 37% del total de las mujeres se consideran activas, es decir, buscan un trabajo fuera de casa, pero poco menos de la mitad están trabajando, el resto está en paro. El paro femenino casi es el doble que el masculino.
El paro femenino afecta sobre todo a las edades comprendidas entre 25 y 34 años, es decir, mujeres jóvenes.
Sólo el 11% de las mujeres tiene un contrato indefinido, mientras que el 89% tiene contratos temporales (por obra o servicio, por circunstancias de la producción, o interinidad).
Como siempre, en los estudios estadísticos no aparecen los porcentajes de personas que trabajan sin contrato, que en el caso de las mujeres es bastante alto, sobre todo en ciertas actividades como el empleo doméstico.
El 96% de las mujeres trabaja en el sector servicios, es decir, comercio, hostelería, educación, sanidad, servicios sociales y empleo doméstico.
En cuanto al tipo de jornada laboral, el 83% de mujeres trabaja a jornada parcial.
En resumen: más inseguridad, más inestabilidad y más precariedad.
La precariedad, al igual que la pobreza, tiene cara de mujer. Está claro que la precariedad afecta a todos los trabajadores, por el simple hecho de serlo, en un sistema capitalista donde la explotación y la desigualdad están a la orden del día, donde la acumulación de capital es una batalla diaria para el empresario, a cualquier precio. Y las mujeres se llevan la peor parte. Pero aún existen situaciones mucho peores cuando hablamos de la mujer inmigrante, muchas viviendo sin papeles, en la ilegalidad, obligadas a aceptar cualquier tipo de trabajo a cambio de ingresos miserables, abusos y jornadas laborales interminables.
Este 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, reivindicamos un año más el derecho de la mujer a un trabajo digno, fijo y seguro, en estos tiempos de capitalismo atroz, de precariedad, discriminación y violencia machista.
Decimos:
“Mujer, no te pierdas en el silencio, organízate y lucha”.
GRUPO DE MUJERES DEL SINDICATO UNITARIO DE CANTABRIA
DIARIO DE UNA PRECARIA
Salió de casa a las 7 de la mañana después de dar el desayuno a todos, vestir a sus hijos, hacer las camas, recoger el cuarto de la abuela, poner una lavadora y asearse velozmente. La jornada laboral comenzaba a las 8, después de dejar a los niños en la guardería y en la escuela.
Su vivienda, alejada del lugar de trabajo le trastorna. Hubiera podido llegar en poco rato, caminando saludablemente, si hubiera comprado o alquilado en los alrededores del sitio donde trabaja. Hay muchas viviendas y están vacías, pero son caras.
La zona donde vive está mal comunicada, los horarios del tren no le vienen bien, y el autobús tarda demasiado, así que se hace imprescindible madrugar.
Como todos los días, su encargado la recibió demasiado afectuosamente, esperando “una respuesta”. Ella le sonrió y prosiguió, aunque con miedo, esperando que a él no se le agotara la paciencia, o acabase fijándose en otra.
Trabaja de limpiadora, haciendo camas, fregando baños o planchando, pero también tiene que estar disponible si es necesario poner un café o servir una mesa. El dolor de espalda la acompaña como cada día. Antes trabajó en una casa, sin contrato, y por la mitad de lo que cobra ahora, haciendo lo mismo, que es “para lo único que sirve”.
Saldría a las 5 de la tarde a tiempo para recoger a los niños del colegio. Eso sería posible, sólo, si no le obligaran a meter horas extraordinarias (pagadas extraordinariamente, o sea, “fuera de nómina, sin repercusión en la paga extra, ni en el subsidio de paro, ni en la jubilación”. Ahora sabe lo que todo esto significa, porque hasta ahora, después de 9 años de experiencia laboral nunca había tenido un contrato).
O tal vez sería ella quien prolongara la jornada 1 ó 2 horas más para completar el escaso salario al que estamos acostumbradas. Y es que si no se queda ella, otras lo harán. Además, meter horas la ayudaría a “sumar puntos” de cara a la renovación del contrato por sexta vez este año.
Probablemente vería a su familia, entre sueños, durante un rato, 2 ó 3 horas. Hablaría con sus hijos, prepararía los alimentos, limpiaría y ordenaría la casa. Como siempre, este trabajo le toca a ella. Este sí es un contrato indefinido, aunque ella no recuerda haberlo firmado nunca.
Los días libres se le consumen en ir de compras, profundizar la limpieza del hogar, ponerse al día sobre las aventuras de los hijos, de los famosos de la tele, etc., todo lo demás puede esperar a las vacaciones, si la economía le permite cogerlas, claro.
Por la noche, todos ya dormidos, tuvo unos minutos para pensar que “todo sería un poco más fácil si la guardería y el comedor escolar fueran gratuitos,… si la abuela pudiera echarme una mano en lugar de darme más trabajo,…o él,… si pudiera ahorrar para comprarme un coche aunque fuera de segunda mano,… si pudiera encontrar un trabajo mejor,… o al menos, si no tuviera que preocuparme por perder el que tengo,…podría buscar ayuda,…ir a una asociación,…o a un sindicato de esos,…pero para qué,… dicen que las cosas van a cambiar, que han hecho leyes, pero… las leyes aquí no valen, son puras mentiras…”
Podría haber estado toda la noche imaginando, pero estaba tan cansada que se quedó dormida.
Este simple relato ha querido reflejar la situación más común de millones de mujeres que todos los días soportan una doble jornada laboral, tanto dentro como fuera de casa.
Dentro de casa: desde el cuidado de la familia hasta la administración de un hogar, simplezas cotidianas que damos por hecho que corresponden a la mujer. Este trabajo invisible que realizan las mujeres rara vez se reconoce y se comprende, y menos aún, se comparte.
Fuera de casa: con su incorporación al mundo del trabajo, donde, sus condiciones laborales son muy precarias. Eventualidad, contratos temporales, baja calidad de los empleos, segregación ocupacional, paulatina incorporación de la jornada parcial, jornadas irregulares, horarios interminables, sin convenios, sin vacaciones, ni permisos, ni bajas por enfermedad, ni por maternidad, con gran desprotección social, salarios más bajos, y muchísimas veces sin contrato alguno.
Pero seamos “serios o serias” y acudamos a los datos oficiales.
Según el ICANE (Instituto Cántabro de Estadística) sobre el pasado año:
En Cantabria, como en el resto del Estado, casi el 63% de las mujeres son consideradas inactivas. De éstas, cerca del 30% se ocupa del trabajo doméstico. El resto son estudiantes, jubiladas o prejubiladas, o perciben alguna pensión, y suponemos que también carguen con el trabajo de su hogar.
El 37% del total de las mujeres se consideran activas, es decir, buscan un trabajo fuera de casa, pero poco menos de la mitad están trabajando, el resto está en paro. El paro femenino casi es el doble que el masculino.
El paro femenino afecta sobre todo a las edades comprendidas entre 25 y 34 años, es decir, mujeres jóvenes.
Sólo el 11% de las mujeres tiene un contrato indefinido, mientras que el 89% tiene contratos temporales (por obra o servicio, por circunstancias de la producción, o interinidad).
Como siempre, en los estudios estadísticos no aparecen los porcentajes de personas que trabajan sin contrato, que en el caso de las mujeres es bastante alto, sobre todo en ciertas actividades como el empleo doméstico.
El 96% de las mujeres trabaja en el sector servicios, es decir, comercio, hostelería, educación, sanidad, servicios sociales y empleo doméstico.
En cuanto al tipo de jornada laboral, el 83% de mujeres trabaja a jornada parcial.
En resumen: más inseguridad, más inestabilidad y más precariedad.
La precariedad, al igual que la pobreza, tiene cara de mujer. Está claro que la precariedad afecta a todos los trabajadores, por el simple hecho de serlo, en un sistema capitalista donde la explotación y la desigualdad están a la orden del día, donde la acumulación de capital es una batalla diaria para el empresario, a cualquier precio. Y las mujeres se llevan la peor parte. Pero aún existen situaciones mucho peores cuando hablamos de la mujer inmigrante, muchas viviendo sin papeles, en la ilegalidad, obligadas a aceptar cualquier tipo de trabajo a cambio de ingresos miserables, abusos y jornadas laborales interminables.
Este 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, reivindicamos un año más el derecho de la mujer a un trabajo digno, fijo y seguro, en estos tiempos de capitalismo atroz, de precariedad, discriminación y violencia machista.
Decimos:
“Mujer, no te pierdas en el silencio, organízate y lucha”.
GRUPO DE MUJERES DEL SINDICATO UNITARIO DE CANTABRIA
No hay comentarios:
Publicar un comentario